viernes, 1 de febrero de 2013

La narrativa de la locura, de Emily Roberts

Empezamos con las colaboraciones de las firmas invitadas para celebrar el quinto aniversario de este blog. Hoy contamos con la distinguida presencia de mi amiga Emily Roberts, autora del blog de poesía Cold Mornings y de la emotiva novela Lila, que desde aquí os recomiendo. Como la gran experta en literatura que es, Emily nos trae un artículo sumamente interesante en el que nos hace reflexionar acerca del vínculo entre la mujer y la locura en numerosas obras literarias y fílmicas. ¡Disfrutadlo!



I am mad the way young girls are mad
(Anne Sexton)
I shut my eyes and all the world drops dead.
(I think I made you up inside my head.)
(Sylvia Plath)

En su ensayo “Estar enfermo” (“On Being Ill”), Virginia Woolf se extraña de lo común que es la enfermedad en el día a día y lo poco que aparece en la literatura. Aunque este texto casi siempre es interpretado en referencia a la enfermedad física, me gustaría tratar también el tema de la enfermedad mental en la literatura, más presente de lo que creemos. Me gustaría hacer un repaso de obras que, personalmente, me parece que reflejan bien el tema, pero esto no es sino una pequeña colección personal, por lo que todas las sugerencias serán bienvenidas en los comentarios. (He incluido entre paréntesis el título original de todos).


            Si bien la obra por excelencia de locura, sobre todo femenina, es el roman à clef  de Sylvia Plath, La campana de cristal (The Bell Jar), crónica semi-autobiográfica de su primera depresión a los diecinueve años y el ingreso en una clínica psiquiátrica donde fue sometida a tratamiento de electrochoque. Pero quizá su más claro precedente sea el no tan conocido (fuera del ámbito filológico) relato “El papel de pared amarillo” (“The Yellow Wallpaper”) de Charlotte Perkins Gilman, que narra en primera persona, estilo diario como Plath, un síndrome de depresión post-parto mal tratado: la paciente es aislada del mundo, separada de su marido y su bebé y encerrada en una habitación hasta que se “normalice”. Y aquí es donde entra la cuestión de la normalidad y su definición. ¿Qué es normal? Normal es lo contrario a la locura. Normal es la razón. Es lo normal, ¿no? ¿Normal no significa que algo tiene el establishment, y por lo tanto, el poder? El poder es lo normal. No tener poder es lo normal. Sublevarse es lo que no es normal: la locura. La locura, en la mayoría de los casos, acaba consistiendo en ser distinto a los demás, y lo distinto es peligroso porque disipa a los agentes de poder y su eficacia. Un claro ejemplo son las Bröntes; la tormenta emocional en Cumbres borrascosas (Wuthering Heights) y sobre todo el personaje de Bertha Mason, la loca del ático (the madwoman in the attic) de Jane Eyre. ¿Qué pasaría si esa mujer no fuera sino alguien a quien se le hubiera arrebatado su propio destino, su voluntad de decidir por sí misma, que se declaró peligrosa por haber reclamado su poder? El personaje se convierte en protagonista en la precuela escrita por Jean Rhys, El ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea). Otras historias de mujeres que se vuelven locas, o quizás son más lúcidas, en su lucha con la sociedad aparecen en el libro de cuentos de la americana de origen chino Maxine Hong Kingston, La mujer guerrera (The Woman Warrior), donde la escritura se convierte en una herramienta para revisar y corregir el pasado tal como no fue contado. Y es que la locura ¿nos acerca o nos aleja a nuestra lucidez? Autores como Shakespeare o Joseph Conrad parecían tener opiniones encontradas en su interior. El Corazón de las tinieblas (Heart of Darkness) de Conrad nos muestra el profundo mundo del salvajismo colonial que permite el lujo de la civilización occidental. Sin embargo, ¿quiénes son más salvajes, los incivilizados o los colonos? Y, ¿no estamos todos al final demasiado cerca? La aculturación o “asalvajamiento” de uno de los personajes principales es retratado como locura a pesar de poder ser visto como la vuelta al mundo natural, a las pasiones más bajas. Shakespeare presenta en Hamlet este debate entre la locura y la razón, donde esta última pierde. El Rey Lear de Shakespeare comprende más de cerca las pasiones humanas cuando ha perdido la razón y vaga desnudo por los bosques de Escocia, guiado por un ciego.


            Y si bien la lucidez de la ceguera puede guiar a la locura, la ceguera no lúcida de otros puede inducir a la locura verdadera, como al personaje de Pecola en Ojos azules (The Bluest Eye) de Toni Morrison, donde el único personaje capaz de sentir amor por los demás es maltratado por su aspecto físico hasta el punto de creer que si tiene los ojos azules la querrán más. Está claro: los que están locos son ellos, dice el protagonista de Matadero cinco (Slaughterhouse-Five), de Kurt Vonnegut, que sueña que viaja a un planeta extraterrestre donde los habitantes no se hacen daño, donde las cosas tienen más sentido. La narración inconexa de un idiota en El ruido y la furia (The Sound and the Fury) de Faulkner tiene más sentido que todo lo que sucede en el violento sur americano. ¿Y qué pasaría si estuviéramos todos locos ya, como en Alicia en el País de las Maravillas (Alice in Wonderland)? Si esa fuera la norma, se pregunta su autor, ¿el cuerdo sería el loco? ¿Pertenecemos cada uno a nuestra propia locura imposible de comunicar? Sobre autor, autoridad y hacerse daño escribe Jeffrey Eugenides en Las vírgenes suicidas (The Virgin Suicides), magníficamente llevada al cine por Sofia Coppola: ¿quién las condujo a hacerlo? ¿Fueron ellos? ¿Fuimos todos? ¿Está más cerca de la locura la violencia o el amor? ¿No están demasiado cerca? ¿Se puede ejercer un control sobre uno u otro? ¿Sobre cuál? ¿Y quién es la protagonista de La pianista (Die Klavierspielerin) de Elfriede Jelinek? (También con una estupenda adaptación al cine de Michael Haneke). ¿Somos todos esa mujer sometida y con deseos inconfesables que antes preferiría morir que ser descubierta? ¿Y si nos acercásemos a ella en lugar de evitarla? ¿Y si nos obligasen a estar junto a ella? Algo parecido le sucede a R.P. McMurphy, el protagonista de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest) de Ken Kensey (adaptada al cine por Miloš Forman), ingresado en un hospital psiquiátrico más bien por error, que pasará del miedo a los enfermos al miedo a los médicos y a su control, y a tomar un cariño irracional a los enfermos, incluso a llegar a comprenderlos (algo así como lo que consigue Plath en su Campana de cristal). La narrativa de la locura no responde preguntas difíciles, las plantea. Nos acerca a un cotidiano desconocido, derrumbando fronteras propias y ajenas. Ahí está su riesgo. Ahí también su logro.


5 comentarios:

Néstor Company dijo...

Un fenomenal artículo!
Felicidades a la autora!

Saludos Mike!

Juan Roures dijo...

Fantástica reflexión de una de mis escritoras favoritas, la gran Emily Roberts, cuya novela "Lila" también recomiendo encarecidamente. La locura es para mí un elemento clave del cine. Disney la transmitió con gran habilidad en su adaptación de Alicia en el País de las Maravillas de 1951, mientras que Tim Burton se olvidó de ella en su versión de 2010. Y así perdió la historia su gracia, su esencia. La locura nos acerca más a la vida. Además, es mucho más divertida que la cordura.¡Qué buena forma de empezar las colaboraciones! Un saludo!

Meg dijo...

me ha encantado, no he leído muchos de los títulos que se mencionan, algunos ya los tenñia apuntados, oros me los llevo desde hoy :-) Un beso!!

Mike Lee dijo...

Muchas gracias por el artículo, como dice Meg, según lo lees entran ganas de acercarse a las obras que mencionas. Por cierto, una película que también trata de forma curiosa el tema de la mujer y la locura es El intercambio de Clint Eastwood, te la recomiendo, está genial.

¡Gracias de nuevo! ¡Saludos!

Aldo dijo...

Gran repaso a obras que me apunto para leer. Y la verdad es que la locura (y la dualidad de la persona)para mi es uno de los grandes temas de la literatura. Y como adicional me gustaria nombrar a Stephen King y casi todas sus obras. El tema de la locura en este hombre está muy presente.

¡Enhorabuena a la autora, la seguiremos de cerca!

Aldo